No importa quién mandó el SMS del 13-M

No está mal que sepamos quién hizo qué [autor del SMS del 13M: sabemos que nos lees, manifiéstate], sobre todo para defender la transparencia y evitar sospechas de concentraciones opacas de poder en nombre de las multitudes. Pero no, ya no importa más la autoría que la interacción. Porque ningún autor, hubiera sido del PSOE, de IU o de Podemos sin todavía saberlo, representa toda la energía, toda la pluralidad de aspiraciones e interacciones, que es capaz de desencadenar un mensaje.

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Un escupitajo verde de soberbia en la cara de África

 

Un grupo de personas encaramadas durante horas en la valla de Melilla, juntoa l campo de golf, este martes. Foto: José Palazón.

Un grupo de personas encaramadas durante horas en la valla de Melilla, juntoa l campo de golf, este martes. Foto: José Palazón.

No hace falta reconocer los derechos humanos de los inmigrantes que intentan cruzar la valla de Melilla, no hace falta ser progre ni de izquierdas ni activista, ni siquiera tener una gran sensibilidad social, para darse cuenta de que poner un campo de golf junto a una valla fronteriza que separa al mundo pobre del mundo rico es una mala idea.

Apenas hay unos metros entre la valla de Melilla y el campo de golf de Melilla, una ciudad de apenas 80.000 personas con uno de los niveles de pobreza más altos de España y con un catálogo de problemas que no tienen que ver precisamente con la falta de instalaciones privadas para deportes de lujo. La paradoja se corona con que, como se ve en esta foto que tomé en 2009 cuando el campo estaba casi recién inaugurado, el proyecto se ha realizado con los famosos fondos públicos europeos FEDER para el desarrollo de zonas empobrecidas. En este reportaje en Desalambre contamos más de este despropósito. Solo un detalle: el presidente de este club de golf es también el dueño del principal periódico de la ciudad.

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Cartel donde consta una de las ayudas receibidas por el campo de golf por parte de los fondos FEDER. 2009. (Juan Luis Sánchez)

Se podría decir que no hay mucha periferia en Melilla y que si había que hacer un campo de golf – si realmente había que hacerlo, demonios – era imposible hacerlo lejos de la valla. Pero de todo perímetro de la ciudad fue a escogerse la zona que está justo al lado del centro de internamiento de inmigrantes (CETI), ese que las autoridades dicen permanentemente que está atestado de gente y que las ONG denuncian que presenta condiciones infrahumanas. No en otra parte de Melilla. Justo ahí tenía que ser.

Todos los que hemos pasado por Melilla para hacer periodismo sobre la inmigración nos hemos acercado a la parte de la valla donde se concentra el contraste más evidente, más visual, más crudo, más obsceno, entre lo que hay un lado y a otro.

En este reportaje que hice en 2009 junto a Sergi Cámara buscamos también esa contradicción. Para llegar al campo de golf hay que pasar por un puente. Y debajo de ese puente vive un mundo de gente, que entran y salen del CETI abarrotado, y que celebran sus días al sol para no perder la esperanza. A 50 metros del campo de golf.

Pero la foto que José Palazón ha hecho este martes multiplica el sentido de todas las imágenes que hemos tomado los demás.

Caminar durante años, dejar tu casa atrás, perseguir sueños o huir de pesadillas. Todo para acabar encaramado durante horas sobre una valla, rogando que guardia que te espera abajo cumpla la ley y no te expulse inmediatamente. Resistiendo al hambre cuando alguien desde abajo te ofrece un bocadillo como trampa para que bajes.

A su frustración nosotros respondemos con unas vistas de lujo.

La hierba verde brillante del campo de golf, peinada para un swing perfecto, es un escupitajo verde y soberbio del mundo rico en toda la cara de una África pobre, en toda la cara de cada una de las personas que lo miran de reojo mientras su ropa se desgarra en el alambre de cuchillas o unas esposas le arrastran, de nuevo, al otro lado.

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La letra pequeña de Carne Cruda

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Esta temporada participo en Carne Cruda, el programa de radio que dirige Javier Gallego y que ahora forma parte de la gran familia de proyectos asociados a eldiario.es. El programa, por ahora, es una vez a la semana. Así que cada quince días estaré por allí para hacer una sección que se llama La letra pequeña.

Se trata de destacar algunas historias de esas que se esconden a veces entre los pliegues de los medios de comunicación. Porque nos pasamos el día criticando cuando se hace mal, y eso es necesario. Pero tanto o más es hacer refuerzo positivo. Señalar también aquellas veces que el periodismo nos sirve, que también son muchas a pesar de que suele tener mucha más visibilidad el error que el acierto. Y hay periodistas, en medios grandes y pequeños, locales o en revistas, que hacen un periodismo de muchísimo valor.

Escucha y lee en Carne Cruda el estreno de ‘La letra pequeña’; sugerencias en #laletrapequeña.

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Ya pasó la fiesta

Ya pasó la fiesta. Aún nos dura la resaca de la noche en la que celebramos los dos años de eldiario.es, pero ya estamos enterrados en la siguiente rutina, enfrascados entre párrafos que no acaban de encajar y fuentes que llaman hoy porque ya no les conviene lo que te contaron ayer; apasionados con el siguiente reto, con el que nos llenamos las manos mientras con la punta del pie y de reojo colocamos los cubos que recogen las goteras que salen cuando nos llueve de imprevisto y no hay paraguas para todos. Estirando la paciencia con el chicle de la ilusión; sobrevolando las inercias con el tauritón de la alegría.

Hay de pronto un tipo nuevo sentado en aquella esquina. Un carnicero con el que ahora ya no tenemos que whatsappearnos para tomar una cerveza al salir. El grupo de Telegram hierve porque cada vez somos más. Hemos dibujado una reorganización de las mesas de la redacción otra vez para poder encajar, pero una misteriosa fuerza – es inercia pero también es resistencia nostálgica – nos frena y no acabemos de hacer los cambios nunca. Tendremos que aprender a mirarnos de otra manera, como cuando conduces un coche en un país donde se circula por la izquierda; tu cuello gira instintivamente hacia donde había un retrovisor y encuentras una ventana.

Jesús no pudo venir a la fiesta porque él era eldiario.es esa noche, como tantas otras noches; y Aitor tampoco porque estaba por ahí de vacaciones buscando su sombra para cosérsela a los pies. Ander se tuvo que ir antes para poder abrir la tienda. Diana organizó el sarao y Alejandro hizo este vídeo donde salimos unos cuantos para dar las gracias.

Los primeros del lugar ya contamos batallitas. Pues sí, hay que asumirlo. No se me va a olvidar aquella primera mañana con wifi (era lo prioritario) y sin muebles en la primera redacción de eldiario.es, desde donde escuchábamos los ensayos de El Rey León. Ese que ahora fotografiamos desde el otro lado de Gran Vía. Hubo un momento de conciencia, sentado en el suelo de la habitación y un Google Docs abierto: “Funcional técnico de eldiario.es (v junio 2012)”, que era básicamente el diseño de las tripas y la arquitectura de lo que hoy se ve.

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Han pasado dos años  desde la foto de izquierda hasta las dos siguientes de la redacción y de la fiesta con socios. Pero sobre todo han pasado tantas cosas que, además del subidón, ya nos permitimos el lujo de la melancolía.

Ya pasó la fiesta. Ya hemos presumido, celebrado y nos han abrazado. Hemos preparado, bebido y nos hemos emocionado. Ahora queda todo lo demás. Esperen un momento, que viene un compañero a que pensemos juntos un titular.

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Notas sin fronteras sobre el nacimiento de algo nuevo

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Llevo desde 2011 tomando notas que no siempre se convierten en una noticia o reportaje, mío o de algún compañero al que trato de ayudar. Son ideas que escucho y me cuesta remezclar con otras para darle un sentido que las ancle al aquí, al ahora. Con algo de malabarismo se puede dibujar con estos elementos algo llamativo, pero entonces llegan las dudas porque prefiero al periodista que acompaña que al que empuja. Sobre todo cuando hay autores que lo explican tan bien, con tanta lucidez, abriendo tanto camino.

Pero ahí están las notas, recogidas para comprender y contar esa nueva forma de vivir la política que se inauguró en las ondas expansivas de las plazas del 15M y, antes, en los cauces casi invisibles que ya construían la nueva subjetividad política que ahora damos tan por sentada.

Ese aprendizaje me llega también de fuera. He conocido a decenas de activistas organizados y expertos de Brasil, Grecia, Italia, Rusia, Ucrania, Estados Unidos, Ucrania, Rusia, Serbia, Bulgaria, Bosnia; he visto cómo hay organizaciones internacionales, fundaciones, think tanks, universidades gastando cientos de miles de euros en investigar y sacar conclusiones de lo que dicen, de por qué lo dicen, de cómo lo dicen, de cómo su evolución se parece o se diferencia de otras rupturas a lo largo de la historia reciente. La última oportunidad para escucharles, esta misma semana, fue en la escuela de verano que organizaba la Green Europeans Foundation en Vis, Croacia.

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En los últimos cuatro años se han producido más de 70 “momentos revolucionarios” que pueden tener una relación, aunque no haya entre ellos coincidencia ideológica. Es una conclusión sencilla y compartida por quienes también estudian estos movimientos: hay una fórmula nueva, hay un cambio, hay un patrón común para ideologías en ocasiones muy diferentes; y no, no tiene que ver solo con la tecnología.

Entre todos esos, el caso de España es referente. Es para el resto como un viaje al futuro de lo que puede pasar en otros países. En la cronología de las revueltas encadenadas que se han visto a nuestro alrededor desde 2010, la de España sucedió solo después de la de Túnez y la de Egipto. Luego vino Estados Unidos, vino Brasil, vino Turquía, vinieron las más ajenas, como la bosnia. El orden de los factores es importante porque unas han ido heredando cosas de las anteriores, gracias a que existen maneras mucho más desintermediadas de transferir conocimientos en red. Muchas veces, los activistas no eran a pie de calle conscientes de esa relación; como ocurre también en las redes sociales, la autoría de las iniciativas o de los conceptos suele ser difusa y colectiva pero en casi todos los casos se va desvaneciendo con el tiempo para ser parte de lo común, continuamente transformado.

Hay ejemplos sencillos y curiosos. España heredó de Egipto la idea del campamento como resistencia retransmitida en streaming. En Grecia, el repunte de las manifestaciones justo después de que sucediera en España dio forma a un grupo que mediáticamente se llamo ‘Movimiento de Ciudadanos Indignados’. Occupy Wall Street heredó una narrativa más inclusiva; dicen que el concepto del 99% se apuntaló con inspiración de activistas españoles) y recibió lecciones y ayuda tecnológica (#occupyWallStreet fue Trending Topic en España antes que en Estados Unidos cuando comenzó la acampada frente a la bolsa de Nueva York). Turquía heredó esa nueva forma de las clases formadas de protestar utilizando la tecnología contra el apagón mediático, trufando el mosaico local de banderas confesionales o partidarias con símbolos que ya se han convertido en universales como la máscara de Anonymous.  Y ese hilo, donde se mezclan también aportaciones de cada país, llega invisible hasta Rusia, donde en las manifestaciones contra Putin se gritaba “No nos representan”, por primera vez en este país. Son solo algunas curiosidades.

Escuchando a Gal Kirn, de Eslovenia, en el encuentro de la GEF en Croacia

Escuchando a Gal Kirn, de Eslovenia, en el encuentro de la GEF en Croacia

También hay otro elemento común que merece la pena capturar. La mayoría de los detonantes que provocaron que por fin miles o millones de personas se lanzaran a las calles de esos países no estaban relacionados con una gran medida política de calado o con un gran escándalo de corrupción sino más bien con un gesto feo, un abuso de poder. En España, fue el desmantelamiento policial de la pequeña acampada en Sol y luego la prohibición de concentrarse en la jornada de reflexión; en Brasil, una pequeña subida en el precio del billete de transporte público; en Turquía, unos árboles talados en un parque que casi ningún protestante utilizaba en realidad; en Bosnia, igual: la recalificación de un parque. Pensemos en Gamonal. Estos detonantes no son políticos sino morales. Fueron una especie de reacción de hartazgo, un mapa de gamonales, como diciendo ‘mire, no me importa en realidad esa acampada, esos céntimos del billete, esos árboles, este parking, pero es que lo que acaba de hacer demuestra que está tan lejos de mí, que voy a convertirlo en el símbolo de mi protesta’. Por eso, en varios países también, la protesta no era solo contra el gobierno de turno sino contra unas formas generales de hacer política.

Sí que hay diferencias evidentes, por ejemplo, en los métodos que inspiran las decisiones. En Bosnia exploran muy a fondo los procesos asamblearios. Como recordaba un activista esloveno hace unos días en Croacia, la asamblea también tiene un carácter terapéutico: “aunque aparezcan locos hablando por hablar, estar hablando ya construye redes y afinidades”, se dice en Ljubliana como también se dijo durante los primeros meses de asambleas de barrios en Madrid.

En Turquía, sin embargo, no había forma de encontrar grupos de trabajo temáticos o asambleas multitudinarias en Gezi Park. Solo una multitud yuxtapuesta que decidía trabajar por libre, en pequeños grupos o dispositivos, y probarlos a ver qué tirón tenían, como también pasó en España. He escuchado a representantes croatas y búlgaros que las ONG son percibidas como parte del establishment.

En todo caso, estamos antes procesos performativos. Es decir, a diferencia de la idea de la democracia como alternancia puntual de representantes, se abre camino otra: un proceso que pone en contacto la opinión pública y las instituciones, con grandes dosis de participación y protesta. La tecnología, al amplificar eso, genera una caja resonancia muy sencilla de entender: cuando entras en Facebook y Twitter ves que algunos amigos que no son activistas protestan o participan de algo, tienes la definitiva sensación de que formas parte de una mayoría. Aunque no sea verdad.

En España ya estamos metidos en el debate de las siglas, los partidos, las confluencias, de los fines y de los medios para entrar en las administraciones. Desde que estamos en ese debate, la presión en la calle ha disminuido porque se ha trasladado a otros espacios.

Más allá de la composición final, de qué forma toma en España, lo que es un patrón común en todos estos activistas – aunque mención aparte merece la historia reciente en los balcanes – es que tienen la sensación de que la socialdemocracia está agotada y de que lo que se abre paso no es nada que se conociera hasta ahora. Una nueva aproximación política que no quiere ser comunista aunque sea una nueva izquierda, que no quiere ser socialdemócrata aunque sea práctica y con agenda inmediata; que no quiere ser liberal aunque se sienta cómoda en esas fronteras difusas de lo común y lo privado; que no se conforma con ser ecologista aunque apueste por modelos de progreso sostenibles. No es la primera vez que la gente sale a la calle, solo que ahora no sabemos qué es exactamente lo que les saca a la calle y les está empujando hacia las instituciones.

Sobre todo eso van las notas. Las suelta uno sobre un lienzo y parece que sale un dibujo. A ver.

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Nadie puede quedarse fuera del año de nuestras vidas

“Es el año de nuestras vidas”, decía hace unos días Javier Gallego en su arranque de Carne Cruda. Viene tal combinación de elecciones, decisiones y reacciones que dentro de un año todo será radicalmente diferente, aunque sea para no cambiar.

La conversación se va a poner tensa. Y estaría bien que algunos temas no se cayeran de la agenda de prioridades, ni siquiera en nombre de la victoria. Por ejemplo, la cooperación internacional, los derechos humanos y sus violaciones en nuestra frontera, en nuestros CIE, en nuestros centros de salud.

Esta semana hemos colaborado con ACNUR en un debate entre PP, PSOE, IU, UPyD y Podemos sobre inmigración y asilo. Me encargué de la moderación. Tenéis un resumen de lo debatido y aquí el vídeo completo:

Unos días antes, los compañeros de La Tuerka me invitaron a participar en otro debate sobre el mismo tema junto a Tania Sánchez, Amparo González Ferrer y Elena Vázquez.

Nadie puede quedarse fuera del año de nuestras vidas.

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El eco de Vistalegre

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Vistalegre hace eco. No sólo retumba la megafonía penetrando por los vomitorios de la antigua plaza de toros, también reverbera la memoria de un lugar que fue santuario del PSOE para los años cumbre del zapaterismo. En 2003, un Vistalegre abarrotado se levantaba entre banderazos enrabietado por unas elecciones que creía haber ganado y que el ‘tamayazo’ le quitó.

Sobre el escenario que hoy pisa Pablo Iglesias, el éxtasis de aquella mañana de domingo de 2003 llegó espoleado por una intervención del entonces presidente extremeño, Juan Carlos Rodríguez Ibarra. El barón del PSOE, ya curtido, alzó los brazos ante el atril y puso las dos manos en forma de pistola; cañón con el índice y martillo con el pulgar. ”¡No pasarán!”, dijo una vez; “¡No pasarán!”, dijo una segunda agitando las pistolas; “¡¡No pasarán!!”, gritó a su máxima potencia al tiempo que miles se alzaron. A la mañana siguiente ninguna institución progresista acusó al PSOE de manipular, de hacer demagogia, de jugar con el populismo.

El “no pasarán” de Ibarra es “el asalto a los cielos” de Pablo Iglesias, parafraseando cada uno desde su lugar ideológico aunque desde la misma tarima. Pirotecnia dialéctica para generar base social, retórica política para aglutinar apoyo. Política clásica para liderazgos fuertes. En el caso de Iglesias, un poco de lo de siempre para intentar hacer hueco a algo nuevo. Es, sin embargo, un mensaje construido desde un concepto diferente, el de la clave para todo el nuevo universo Podemos: la idea de que, efectivamente, pueden. Que la victoria es posible; que ya no se trata de resistir (no pasarán) y saber quiénes son (la izquierda y, además, mejor si está muy unida), sino de salir ahí fuera con el machete en la boca para desbrozar la selva hasta llegar al poder. Porque pueden.

Sigue leyendo en eldiario.es mi crónica sobre el encuentro de la Asamblea Ciudadana de Podemos.

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Las pirámides de Bosnia

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La carretera que recorre hacia el norte la distancia entre Sarajevo y Zenica discurre rodeada de colinas verdes y laderas salpicadas de casas con tejado pensados para la lluvia. Atravesando las fábricas y cementeras, se sigue el rastro del olor a acero para estar seguro de que se va en el camino correcto. Respirar hondo es morder un trozo de metal.

A medio camino, junto a la ciudad de Visoko, se levanta una pica contra el cielo. Un monte afilado en forma de triángulo y que tiene una historia que simboliza la estupidez humana pero sobre todo del esperpento al que puede llegar una política insensata y el caciquismo importado. Es la historia de las pirámides de Bosnia, que me contó Svjetlana en aquella carretera camino de Zenica.

En 2005, un empresario de la industria del metal, de origen estadounidense, se propuso demostrar algo al mundo: que aquellas montañas de Visoko eran en realidad pirámides construídas por la mano humana luego cubiertas por la naturaleza con el paso de los siglos. Lo llamó, siquiera antes de iniciar ninguna investigación arqueológica, “las pirámides bosnias”; a aquella pica que se levantaba contra el cielo a la vista de la carretera principal la llamó la Pirámide del Sol. También estaban la de la Luna o la del Dragón.

El empresario, Semir Osmanagić, tuvo apoyo político desde el principio y, con el tiempo, también autorización judicial para su locura. La sola idea de que en Bosnia hubiera una pirámide – como la de los mayas pero hecha por los illirios, se dijo; levantada 12.000 años antes de Cristo y mucho más alta que las Pirámides de Egipto – era demasiado seductora para los intereses locales como para que los indicios científicos la destrozaran. A las administraciones se le hizo la boca agua con la fama internacional que aquello les daría: “la madre de todas las pirámides”. La fundación montada por Osmanagić se ha llevado durante años millones de un presupuesto público muy maltrecho en una pequeña ciudad de un país con tasas de paro alrededor del 50% y reventado por una falsa recuperación social tras la guerra.

Las aproximaciones del empresario texano eran del todo menos rigurosas. Defendía que había que explorar la montaña para “romper la nube de energía negativa y permitir a la Tierra a recibir energía cósmica del centro de la galaxia”. Signifique eso lo que signifique.

La fundación excavó, con apoyo político y permiso judicial, “las pirámides bosnias” en busca de túneles y pasadizos. Lo único que consiguió fue destrozar los restos de la antigua ciudad que, esa sí, había existido sobre aquellas colinas. Los únicos túneles de las pirámides bosnias son los hechos con las máquinas y explosiones de Osmanagić. El enfado de la comunidad científica no detuvo que el proyecto recibiera dinero público. Todavía hoy, que el proyecto está ya totalmente desacreditado, Osmanagić se enriquece organizando excursiones y actividades escolares y de todo tipo para mostrar los descubrimientos no hechos. Una de las cosas que los niños visitan son unas inscripciones sobre la roca de una de las montañas, que según una extrabajadora fueron hechas por el equipo de Osmanagić.

Internet está lleno de teorías magufas sobre las pirámides de Bosnia. Para Svjetlana, que me contó esta historia en la carretera que va hacia el olor a metal, es el ejemplo perfecto de un país que aprieta los dientes desde que terminó la guerra y que lo sorporta casi todo por tal de que el status quo no se vea afectado.

Un movimiento de protesta en febrero de este año superó por primera vez el galimatías étnico que es Bosnia, en las instituciones y también en la sociedad civil. Hubo un destello de solidaridad popular que ahora tratan de avivar de nuevo, enfrascados en debates internos sobre las herramientas, el lenguaje y, sí, de nuevo lo étnico. A las fronteras conceptuales entre sindicalistas y posmodernos, matriarcas que pararon su fábrica y veteranos de guerra, quienes se definen de izquierdas y quienes huyen de ahí hay que añadir las que se alzan entre bosniacos, serbobosnios y bosniocroatas. La desconfianza que genera el miedo se respira, como se respira el metal en la carretera desde la que se ven las pirámides de Bosnia. Pero con un trago de agua se pasa.

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The Guardian adopta la fórmula ‘hazte socio’ para su financiación

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El diario británico The Guardian acaba de anunciar que abre la puerta a una nueva fórmula de financiación complementaria para poder hacer posible un periodismo de servicio público. Lo llaman “Guardian membership”, una especie de club de lectores que “compartan la causa del Guardian“, explica su editor Alan Rusbridger, que también dice que durante los últimos años se han dado cuenta de que muchos lectores más que “suscriptores” quieren ser “miembros” del proyecto periodístico que representa The Guardian.

Los lectores más fieles de este medio pueden aportar hasta 60 libras al mes para colaborar y ser parte del Guardian Membership, en diferente grado: friends, partners y patrons. A cambio, el periódico tratará de mantener una cercanía especial con esta comunidad además de realizar debates, encuentros con la redacción y actividades culturales específicas para ellos.

Y aquí tengo que parar para alisarme los pelos de punta.

En España, eldiario.es vamos a cumplir dos años poniendo en práctica este mismo modelo, con resultados extraordinarios: más de 8.500 personas son ya socias de eldiario.es y garantizan nuestra viabilidad económica. No son suscriptores que pagan para leer un contenido sino cómplices en una vocación social, que es el periodismo de servicio público. A cambio, participan de una comunidad en la que tratamos que se sientan bien cuidados. Pero no es consumo; es complicidad.

En eldiario.es hemos dicho muchas veces que “nuestros socios no pagan para leer, pagan para que se sepa; para que nuestro contenido llegue lo más lejos posible”. Por eso no hay muros de pago ni contenido exclusivo para el que paga. Dice The Guardian para explicar su nueva apuesta: “la mayoría de los lectores consultados nos han dicho que querrían contribuir económicamente a la causa del Guardian, pero una mayoría apabullante quiere también que el periodismo sea de acceso libre, para que pueda llegar al mayor público posible. Un número importante nos ha dicho que están contentos de ser suscriptores. Pero la mayoría de las manos se levantan si les preguntas si les gustaría ser ‘miembros’”, cuenta Rusbridger.

Un referente de la prensa mundial y la modernización del periodismo compartiendo análisis y método con un medio digital recién nacido del sur de Europa. Pelos arriba de nuevo.

En eldiario.es decimos ser un medio raro porque somos un medio abierto: somos más bien un lugar al que están invitadas una red de voces diferentes pero de un ecosistema común; un sitio de paso para diferentes comunidades y discursos que se quieren encontrar aunque sea solo durante un rato. Donde el control directivo tradicional se convierte más bien en una confianza distribuida. En The Guardian nos explican que han pensado Guardian Membership como forma de compartir la filosofía del “periodismo abierto” con sus lectores.

El concepto explícito de pertenencia y no de suscripción lo introdujimos por primera vez en España en la fundación de Periodismo Humano, en 2010. Entonces repetíamos la idea de “hazte socio” hasta la saciedad, para poder explicar el concepto ante las muchísimas miradas escépticas: igual que la gente dona dinero para que haya médicos en sitios del mundo donde lo público o lo privado no pueden o no quieren estar, queremos que la gente sea consciente de que también para hacer un periodismo social e independiente es imprescindible esa colaboración. Fue el primer “Hazte socio” de un medio de comunicación en España, un experimento incipiente que recuperamos en 2012 y desarrollamos en eldiario.es con éxito. Hoy es una parte fundamental de este proyecto, y no solo económicamente; un modelo que otras iniciativas periodísticas también están aplicando y remezclando.

La credibilidad del periodismo está en crisis. Pero la idea de que la gente “lo quiere todo gratis” ha calado y sirve como excusa para los que solo buscan excusas para conservar su manera de hacer industria o poder. No quieren ver que hay gente que pide a gritos una nueva sintonía entre el periodismo y la sociedad. Que están deseando darnos su dinero para que podamos trabajar. Pero no, no como antes. Los viejos trucos ya no. Nos piden nuevas formas; que seamos dinamizadores sociales y no solo proveedores, centros de negocio.

The Guardian, que es un gigante, tiene ya preparada solo para su fase de pruebas una cantidad de iniciativas y eventos que están muy por encima de las capacidades de eldiario.es. Van incluso a abrir un centro cultural, una sede social. Nos adelantarán por la derecha y nos servirá de guía y modelo de lo que puede funcionar y lo que no. Aquí seguiremos haciendo el camino sin complejos, como dijimos desde el primer día: explorando, entre ilusionados y desconcertados pero siempre en compañía, las nuevas formas de hacer sostenible el periodismo a pesar de todo.

De punta, oiga. De punta.

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“¿Y por qué no los metes en tu casa?”

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No falla. Cada vez que señalas, describes o denuncias la violación de derechos humanos y el incumplimiento de la Ley española de Extranjería en las fronteras de Ceuta y Melilla se activa un resorte, un argumento casi automático en decenas de personas. ¿Y por qué no los metes en tu casa?, espetan. A que no, ¿eh?, rematan como triunfales, como diciendo ‘te he pillado’.

Un ejemplo, de ayer mismo. Difundo en Twitter una foto de la agencia EFE, la que abre este post. La imagen demuestra, una vez más, la devolución de personas que acaban de saltar la valla de Melilla por una puerta hacia el otro lado, a Marruecos, que hay que recordar que no es el país de estas personas. Por esa razón, entre otras cuantas, estas “devoluciones en caliente” son ilegales. No según la ONU o alguna ONG, no. Es ilegal según la ley española en vigor, como hemos explicado ya mil veces. Tan clara está ya la ilegalidad de estas deportaciones inmediatas que el Gobierno anunció después de las muertes de Ceuta que iba a cambiar la ley para poder hacerlo sin que se les acusara de nada. Es otra forma de admitir que lo que venían haciendo no se podía hacer.

Pues allá va el tuit y ahí van algunas de las respuestas:

No es cosa de ayer. Pasa cada vez que el tema ocupa minutos de televisión o alguna portada alarmante, pasa cuando el mensaje de denuncia traspasa tus zonas de comodidad orgánicas en Internet, que en mi caso afortunadamente tienen que ver con la defensa de los derechos humanos como premisa no como residuo. Cuando el tuit salta esa valla, la corriente devuelve este mensaje.

No se trata de desacreditar personalmente a las personas que reaccionan así. De hecho, la frase es clavada a la que usa tradicionalmente la ultraderecha, también en Francia. “¿Ha acogido usted inmigrantes en casa?”, le dijo textualmente Marine LePen a la periodista Ana Pastor en una entrevista. Muchas de las personas que saltan como pellizcadas son víctimas de esa estrategia de comunicación simplona y populista muy bien diseñada para ganar votos. Reproducen un meme político, una frase con gancho, que te deja satisfecho. Ah, pobres ingenuos; que los metan en su casa.

El argumento, por supuesto, no tiene sentido. Nunca le diríamos a alguien que defienda la asistencia a personas sin hogar que viven en la calle ¿y por qué no los metes en tu casa? Nunca le diríamos a alguien que está en contra del desahucio de una persona que no puede pagar su casa ¿y por qué no lo metes en tu casa? Nunca le diríamos a alguien que defiende la asistencia sanitaria para los pobres ¿y por qué no los curas tú, en tu casa? Porque la respuesta es social, no individual. Y porque, como me dice Carlos Delclós en Facebook, estas personas no quieren vivir en mi casa, quiere pagar el alquiler construyendo la tuya.

Las fronteras existen y tiene pinta de que van a seguir existiendo, sobre todo si cada vez creamos más. Sobre esa realidad habrá que ver cómo gestionamos otra realidad indiscutible: la gente se mueve y no es por capricho. Tenga uno una idea más o menos restrictiva de cómo manejar eso, una respuesta construida solo con porras, escudos, concertinas, alarma y desprecio impune por las leyes es una mala respuesta. Si la solución es esa, no es una solución.

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