A los que nos costaba llamarle Charly
Algo va mal, porque no me enteré de su muerte por la radio. No escuché los lloros de Francino y no se me pudieron poner los pelos de punta como hace 7 años, cuando me desmoroné, en mi casa, oyendo a Gemma intentar abrir entre sollozos La Ventana, al día siguiente del asesinato de su colaborador Ernest Lluch.
Suena el teléfono demasiado temprano. David me lo cuenta en pocas palabras pero en el tono de su voz viajan muchas más. Palabras no dichas que horas después acabaron por aflorar en su blog:
Mi padre murió en mitad de una mañana de mayo de 2006, seguramente en el mismo momento en que Carlos Llamas se desperezaba en la cama, animal nocturno de humo y palabra. Recuerdo su mano, fría y enjuta, cuando trajo entre sus gafas el pésame de quien se acerca sin ser convocado. “Lo siento mucho”, me dijo. Y tornó a su mesa, a sus teclas, a su realidad. Hoy el mismo cáncer ha abierto bajo sus pies la negra trampilla de lo pasado. Desde hoy, los periodistas, sólo podremos aprender de los libros.
Pasé la mañana escapándome a cualquier rincón para hablar por teléfono y lo hice, por ejemplo, con MªCarmen. Conocí a MªCarmen en un programa en directo de Hora25 que Carlos Llamas hizo en Sevilla, abierto al público. Fue la primera vez que ví a Carlos y la primera vez que conocí a alguien (MªCarmen) más friki que yo de la radio y sus personajes. Ella estudiaba periodismo y yo creo que aún no había entrado en la Facultad.
Luego ella hizo prácticas en Radio Sevilla (SER) y, me contaba que su segundo día, sin haberse estrenado todavía en los informativos locales, la mandaron a cubrir una historia que acabó siendo portada de Hora 25 esa noche. Su debú en la radio fue abriendo Hora 25, con él.
He recordado entonces mi primera vez con Carlos. Me tocó producir Hora25 durante unos días y, entre otras cosas, leer una ‘batería’ de noticias con él. Además de los nervios, la voz temblorosa y la boca resecada por estar a su lado, tenía la garganta destrozada por muchos días de turnos imposibles y la mente puesta en que tenía un par de cosas pendientes en el control de sonido. Obviamente, aquel momento ya era histórico para mí sin necesidad de que a Carlos le pasara nada. Y guardo la grabación:
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Su compañero y amigo Pedro ha dicho, con razón, que uno de los grandes méritos de Carlos es ser un grande “desde la más absoluta humildad, sin creerse más ni mejor que nadie”. Otro amigo (y otro maestro), Javier del Pino, resume en cuatro frases la esencia de Carlos como jefe y compañero de redacción:
A veces tratábamos a Carlos como a un abuelo despistado al que se le perdonan los olvidos porque son cosa de la edad. Los suyos no, los suyos eran producto de la concentración: cuando estaba pensando o escribiendo, metido en una nube que no era sólo de humo, jamás oía sonar el teléfono, ni respondía cuando alguien reclamaba su atención. En ese camino hacia el estudio, era capaz de olvidarse el guión encima de la mesa, el bolígrafo en la chaqueta y las gafas en el cajón. Pero nunca se olvidaba del paquete de tabaco, el maldito paquete de tabaco.
Mi relación con Carlos, o la de David, o la de Marta (“qué vacía se queda la silla que una vez ocupó”) no fue la que con él tenían Javier o Agustín o Juan Ramón. Nos costaba tomarnos la confianza de llamarle “Charly”. Pero creo que él era consciente de que los recién llegados a la radio teníamos devoción por él. Por su incorrompible forma de ver las cosas, por su genialidad a la hora de escribir, por su halo de cómico misterio, porque hablaba poco pero siempre con respeto, fueras quien fueras, dándole a las cosas su justo valor.
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