La paradoja de Hardy aplicada a la información
Me hago un lío.
Resulta que, por una parte, los periodistas siempre hemos sabido que “lo que no contamos, no existe“. Es decir, que sin la proyección pública de los hechos, de la verdad, no cabe esperar reacción a la misma – por supuesto, ‘reacción’ puede implicar pasividad e indiferencia – y por tanto, aquello que ocurre pero no es sabido, realmente no ocurre.
Pero por otro lado, últimamente hemos asumido eso de que “si no está en Google, no existe“, de manera que si lo que ocurre no está disponible a la consulta inmediata y accesible de Internet, realmente no ocurre, aunque alguien lo haya contado.
Así que ante el peligro de que estas frases, que son puro divertimento, pasen a ser consideradas leyes universales, lo mejor es que la ciencia venga a salvarnos. Y leyendo Microsiervos me quedo más tranquilo.
Resulta que los científicos están consiguiendo demostrar que las realidades no observadas existen. Por mucho que no miremos, existen. Aunque no estemos en el bosque para escucharlo, cuando un árbol cae, hace ruido. Es lo que se llama paradoja de Hardy de la observación cuántica directa:
“Los científicos consiguieron hacer algo que hasta ahora se consideraba imposible: observar la realidad sin perturbarla. «No perturbarla» es el equivalente en mecánica cuántica de «no estar mirando». De modo que han sido capaces de demostrar que el universo realmente existe aunque no sea observado”
De modo que existe. De modo que si no lo estamos contando, tendremos que contarlo. De modo que si no está en Google, tendremos que meterlo en Google. El árbol que cae por nuestra culpa no va a venir a caerse ante nuestros ojos; hay que meterse en el bosque y oírlo caer. Y luego hay que tener la fuerza para volver y contarlo.
Felipe G. Gil hace un par de años escribía un relato en el que se veía a sí mismo a punto de tirarse por un precipicio de una isla desierta, en la que había perdido la noción de quién era. Terminaba así:
Un momento, oigo algo… ¡¡¡quizás sea un barco!!!…
No, era otro árbol cayendo.
Quizás no deba tirarme.
No creo en el destino, pero sí en el azar. Si ese árbol se ha caí-
do y yo lo oigo…quizás el hecho en sí mismo de haberlo oído no
tenga más trascendencia. Pero si le cuento a alguien que en el
momento en que había olvidado quién era, en que simplemente
enumeraba lo que había sido y me disponía a dejar de ser, escu-
ché un árbol que ya había oído caer alguna otra vez y me hizo
pensar…¿tendrá sentido?
Creo que sí.
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