Los bufones involuntarios y la falsa empatía
09:00 | Junio 3, 2009 | 5 comentarios
Recuerdo que era en el bar favorito de Rubén en La Alameda, Casa Rafita. Hacía fesco y en la mesa de al lado un grupo de padres daban cierto espectáculo delante de sus hijos, que correteaban entre las motos mal aparcadas en la acera. Si me acordara de lo que comimos no sería yo, pero sí sé que estaba muy bueno.
Fue esa noche cuando me sorprendió desarmado la conversación: nunca me había planteado si estaba de acuerdo o no con la filosofía, el concepto y la propia existencia de programas del tipo Callejeros o 21 días. Y nunca después de aquella conversación con Rubén, Sofía y Cristina, miré esos programas con la misma mirada. Corrijo: nunca después los volví a ver.
Pocas semanas más tarde, la realidad nos regalaba una experiencia como la del Banco Común de Conocimiento, una forma mucho más honesta, realista y útil de acercarse a Las tres mil viviendas que la de (casi) todos los reporteros que han pasado por allí. Confieso: probablemente, antes de aquella conversación y antes de este trabajo, yo también me habría acercado así.
Y ahora, otros cuantos meses después Sofía Coca nos regala un post que se llama El periodismo es social o no es, en la que define algunos rasgos que convierten a esos programas que muchos interpretan como ‘periodismo comprometido’ en “una farsa y un peligro“:
- Muestran al periodista como principal protagonista
- Muestran los problemas desde lejos – ni se muestran las causas ni se desentraña el conflicto.
- Delimitan lo que está bien de lo que está mal
- Se recrean mitos, estereotipos y tópicos. Se identifica conflicto con marginalidad.
- Y lo que más detesto, se disfrazan de objetividad (reproduciendo el falso mito que tanta facturas está pasando al periodismo hoy en día) por la mera razón de llevar la cámara al hombro. Como si ese programa no tuviera un guión (evidenciado por la machacona voz en off del reportero que nos va guiando fielmente hacia “la verdad”), una edición y unos objetivos empresariales marcados por Prisa.
Yo añadiría como agravante que todos esos rasgos se han ido acentuando programa tras programa como fórmula de éxito, llegando al punto de recordar a las entrevistas de Javier Cárdenas a personajes que se convirtieron – muchos, involuntariamente – en los bufones del palacio de nuestro ocio.
La búsqueda y explotación de esos bufones involuntarios se convirtió en carnaza rentable para Alfonso Arús, Pepe Navarro y sobre todo Javier Sardá y marcaron un antes y un después en el entretenimiento en telvisión: los normales, la clase media creada en este país, los niños pijos y mayores olvidadizos ya teníamos permiso para entretenernos e incluso reirnos con lo marginal, lo desesctructurado, lo desequilibrado.
Ahora esa actitud ha dado el salto a determinados informativos o programas de actualidad. Callejeros, al traspasar esa línea entre la empatía y la provocación, entre la cercanía y el engaño, entre la complicidad con el que tiene el problema y la complicidad contra el que tiene el problema, ha fundado una nueva forma de hacer reporterismo que inunda los directos y que tiene consecuencias muy peligrosas. Solo hace falta ver qué tipo de reacciones suelen desencadenar en Internet este tipo de reportajes. ¿Campañas pidiendo la mejora de la vida de esas personas a las autoridades competentes? ¿Denuncias? ¿Ofrecimiento de ayuda? ¿Un repunte de de los presupuestos sociales o en donaciones particulares? No. Desencadenan parodias.
Los periodistas no somos inmunes a todo esto. Esa actitud condescendiente y falsa del reportero – que asiente muy serio mientras disfruta por dentro de cómo la señora que tiene al lado habla y hace el ridículo sin saberlo – es parte de nuestra formación contínua. Es lo que vemos. Es el espejo más facil para tomar ejemplo. Me asusta lo que dije en aquella conversación en Casa Rafita: “bueno, es verdad que no van al meollo, pero al menos vemos una realidad que otros no nos muestran”.
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5 comentarios en 'Los bufones involuntarios y la falsa empatía'
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a ver, difícil añadir algo a todo lo que tú has dicho ya y además muy bien dicho. Lo cierto es que si Callejeros se hubiese dedicado a hacer reportajes como el de la boda gitana, el programa podía haber sido un buen programa. Porque, quién no ha querido alguna vez colarse en una boda gitana para saber cómo era? Ahora bien, lo de periodismo denuncia no se lo traga nadie. Putas, gitanos, drogadictos y vagabundos con problemas mentales descontextualizados y convertidos en bufones televisivos. 21 días es una vuelta chusca y macabra (aún más) de Callejeros, la deformación, la parodia, el ridículo. Los comentarios de la periodista son reflexiones de parbulario y dan vergüenza!
Lo peor de todo esto es que además tenemos que tragarnos los ‘a fondo’ de los informativos de Antena 3 o las piezas ‘de autor’ en los de Telecinco, o los ‘Diario de…’ de Mercedes Milá. Bravo Juanlu, alto y claro
Una vez más debo decir que coincido con tu reflexión.
Yo estudié sociología y una de las cosas fundamentales en sociología es dejar siempre bien claro de población vas a hablar y en qué contexto y momento histórico. También es fundamental contar con una muestra representativa, para que los resultados obtenidos sean aplicables a una población.
Todo esto no se cumple en programas como Callejeros, generalmente, como bien dices, centran toda su atención en captar a los 4 o 5 locos del barrio, que saben que crearán expectación por parte del público y ahí queda la cosa. Podemos decir por tanto que claramente los reportajes de estos programas son entretenimiento pero no deben ser tomados como una muestra de una población concreta.
¿Se te olvidó Jesús Quintero o es que no lo consideras creador de bufones y falsa empatía?
Recuerdo que veníamos del cine y no recuerdo lo que comimos, pero apuesto por unos mantecaítos y/o flamenquines.
No me la voy a dar de íntegra, porque soy la primera que me río con la de Soy rubita y con la de Alcalde dame una casa (es cierto que con esa menos porque la realidad de esa señora es bastante triste). Pero solo te diré que cuando vinieron a visitarme a Madrid Felipe, Sofía, Juan y Rubén, vimos este vídeo todos (con más público) y además Fran MM lo aderezó con un remix de audio. Casi todos lloramos de risa, pero hubo un momento de discusión sobre si lo que hacíamos era ético. Mi conclusión fue que el hombre necesita reírse de sus miserias, pero no hay que forzar y escarbar sobre ellas.
Cárdenas, y cía. lo hacían descaradamente, pero los intrépidos reporteros de Callejeros lo tiñen de una realidad embustera.
Todo funciona como un gran filtro, reírse es muy sano pero a veces de tanto hacerlo puede volverse una enfermedad, o un politono, o un espacio en la parrilla de programación… o el opio del pueblo…
Reirse de uno mismo es genial. Reírse de las cosas que uno vive o ve, cosas duras o desagradables, problemas o lo que sea, es genial. El humor es la única vía de escape.
Pero para mí es importante la diferencia entre reírse de uno mismo (o de los que son como tú) a reírse de los débiles o de los expuestos, de los que es fácil reírse. Por supuesto, todo esto lo digo y después también me río. Es lo que tiene el ser humano.
besitos!