Mueres y la gente no recuerda ni tus apellidos

Hay entre 20.000 y 30.000 personas sin hogar en España. el 85% son hombres y con una media de edad de casi 40 años (Fotografía: Daniel Lobo)

El sábado por la noche, Isaías murió tirado sobre un colchón de los de muelles, azul, viejo, vencido, con vetas amarillas, en un rellano de la calle Etxatxu de Barakaldo, en Vizcaya. En una esquina de ladrillo visto, recubierta de graffitis aficionados y cutres, de firmas con spray que apenas se distinguen de la capa de hollín que tiñe la pared, herencia carbonizada de las hogueras del invierno.

El corazón se le paró hace casi una semana y ni las asociaciones que trabajan con personas sin hogar en Barakaldo saben siquiera cuáles eran apellidos los apellidos de Isaías. “En realidad, sabemos que le llamaban Isaías, pero tampoco estamos seguros de que ése sea su nombre real”, nos dicen en Cáritas.

Sí, sí que lo era. Isaías tenía 35 años y era toxicómano. No era estrictamente un sintecho. Tenía un piso, al menos así consta en el registro de empadronamiento, que compartía con dos de sus hermanos y que antes había pertenecido a sus padres. Hace apenas dos meses, Isaías se acercó a una oficina de vivienda a pedir información y papeles sobre la Renta Básica de Empancipación (la ayuda del alquiler) y otras ayudas asistenciales que indicaban apuros económicos. Y hubo un tiempo en el que Isaías vivía en Sestao, en una casa que había comprado al 50% con otra persona, presumiblemente su pareja. Algo salió mal.

En Barakaldo eran cuatro en la casa: los dos hermanos, Isaías y su droga. Mala combinación. Estuvo meses durmiendo a rachas en un caserío abandonado en el barrio de Retuerto, que fue derribado el pasado mes de marzo. Y de ahí a los rellanos y esquinas de la calle Etxtatxu.

Bajo el hollín y sobre el colchón, Isaías no estaba solo en la noche de su muerte. Su último subidón y la caída a los abismos los durmió con otro compañero de adicciones. “Por favor, no pongas mi nombre de verdad, me acaban de echar de casa”, le dijo a la mañana siguiente al periodista José Domínguez. La última persona que vio con vida a Isaías cuenta que había sido un sábado de excesos, que sobre las tres de la mañana volvieron a su colchón, espalda con espalda. Que cuando se levantó, su cuerpo estaba rígido. Que nunca supo sus apellidos.

Este jueves, la plataforma besteBi, que agrupa a varias organizaciones sociales, se concentraban en el centro de Barakaldo para pedir que la ciudad aumente sus servicios para los sintecho. “Esto sucede más de lo que parece”, nos dice un portavoz. “Clama al cielo que en ciudades grandes, no ya Barakaldo sino cualquier otra de más de 20.000 habitantes, no sea legalmente obligatorio que existan medios para antender a estas personas”.

Es el segundo indigente que muere de Baracaldo en menos de dos meses. En mayo, Valentín, de 43 años, entró en un cajero y no volvió a salir.

Dibujo de Spyros Derveniotis

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5 comments

  1. Chus   •  

    Efectivamente, eso pasa más de lo que parece. El 15 de diciembre de 2008 murió Rodolfo en unos soportales al lado de la Glorieta de Quevedo, Madrid.En este caso no murió por droga, sino de frío.
    Le llamaban Pachi y junto con dos compañeros iban a comer lo que les daban en una bocadillería al lado: “Hay que dormir en un albergue para saber lo que es. Hasta las dos de la mañana llegando gente, y a las siete- ocho te echan”. “He pagado 20 años a la seguridad social, crié una hija, digo yo que ya tengo derecho a otra cosa ¿NO?.
    Era una persona encantadora. Estaba ilusionado porque se había echado una novieta.
    Sus compañeros sintecho aún malviven ahí. El ayuntamiento les había quitado los bancos donde dormían y se sentaban durante el día cuidando sus pertenencias. Al llamar al Samur un verano para comentarles que estaban desesperados por el calor con síntomas de deshidratación, ni se molestaron en venir, nos remitieron a los albergues.

    Su novieta pidió esa semana que le ingresaran por urgencias y una ambulancia, pero se la negaron. Eso sí el día del desenlace, el SAMUR montó un gran espectáculo con una gran tienda improvisada en la calle Eloy Gonzalo para ¿No herir la sensibilidad de los viandantes? o ¿ahorrarle humillación al moribundo, después de tanto años de abandono?.

    Ana, otra sin techo, ayudante de clínica, lesionada con la rotura de un cristal,no podía usar bien sus manos. Trabajó para una anciana por horas y luego la echaron. Vive en la calle, pidiendo para poder dormir a cubierto, porque le pegan patadas en la calle.

    En los albergues no hay espacio para mujeres.

  2. Estudiante   •  

    Muy buen artículo si señor. Hace falta más ayuda a los sintecho. Son personas que no han nacido así, como nos hacen creer nuestros prejuicios, sino que algo les llevó a esta situación.

    Menos caridad en las iglesias, y más ayuda a pie de calle.

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  5. MADY   •  

    ¡Bravo, Chus! Hay que saber de quienes hablamos, por el trato directo. Llevarlos tatuados en cada paso que damos. Guardarlos, vivos, o, ya felices, liberados de nuestras imperdonables dejadez; y, jamas, olvidarlos. Aun conservo el jersey de Amor, una mujercita encantadora, a la que se lo cambien, poco antes de que intencionadamente la atropellara un loco. Si iba por mi o por ella, solo fue cuestion de un jersey cambiado.

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