Un escupitajo verde de soberbia en la cara de África

 

Un grupo de personas encaramadas durante horas en la valla de Melilla, juntoa l campo de golf, este martes. Foto: José Palazón.

Un grupo de personas encaramadas durante horas en la valla de Melilla, juntoa l campo de golf, este martes. Foto: José Palazón.

No hace falta reconocer los derechos humanos de los inmigrantes que intentan cruzar la valla de Melilla, no hace falta ser progre ni de izquierdas ni activista, ni siquiera tener una gran sensibilidad social, para darse cuenta de que poner un campo de golf junto a una valla fronteriza que separa al mundo pobre del mundo rico es una mala idea.

Apenas hay unos metros entre la valla de Melilla y el campo de golf de Melilla, una ciudad de apenas 80.000 personas con uno de los niveles de pobreza más altos de España y con un catálogo de problemas que no tienen que ver precisamente con la falta de instalaciones privadas para deportes de lujo. La paradoja se corona con que, como se ve en esta foto que tomé en 2009 cuando el campo estaba casi recién inaugurado, el proyecto se ha realizado con los famosos fondos públicos europeos FEDER para el desarrollo de zonas empobrecidas. En este reportaje en Desalambre contamos más de este despropósito. Solo un detalle: el presidente de este club de golf es también el dueño del principal periódico de la ciudad.

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Cartel donde consta una de las ayudas receibidas por el campo de golf por parte de los fondos FEDER. 2009. (Juan Luis Sánchez)

Se podría decir que no hay mucha periferia en Melilla y que si había que hacer un campo de golf – si realmente había que hacerlo, demonios – era imposible hacerlo lejos de la valla. Pero de todo perímetro de la ciudad fue a escogerse la zona que está justo al lado del centro de internamiento de inmigrantes (CETI), ese que las autoridades dicen permanentemente que está atestado de gente y que las ONG denuncian que presenta condiciones infrahumanas. No en otra parte de Melilla. Justo ahí tenía que ser.

Todos los que hemos pasado por Melilla para hacer periodismo sobre la inmigración nos hemos acercado a la parte de la valla donde se concentra el contraste más evidente, más visual, más crudo, más obsceno, entre lo que hay un lado y a otro.

En este reportaje que hice en 2009 junto a Sergi Cámara buscamos también esa contradicción. Para llegar al campo de golf hay que pasar por un puente. Y debajo de ese puente vive un mundo de gente, que entran y salen del CETI abarrotado, y que celebran sus días al sol para no perder la esperanza. A 50 metros del campo de golf.

Pero la foto que José Palazón ha hecho este martes multiplica el sentido de todas las imágenes que hemos tomado los demás.

Caminar durante años, dejar tu casa atrás, perseguir sueños o huir de pesadillas. Todo para acabar encaramado durante horas sobre una valla, rogando que guardia que te espera abajo cumpla la ley y no te expulse inmediatamente. Resistiendo al hambre cuando alguien desde abajo te ofrece un bocadillo como trampa para que bajes.

A su frustración nosotros respondemos con unas vistas de lujo.

La hierba verde brillante del campo de golf, peinada para un swing perfecto, es un escupitajo verde y soberbio del mundo rico en toda la cara de una África pobre, en toda la cara de cada una de las personas que lo miran de reojo mientras su ropa se desgarra en el alambre de cuchillas o unas esposas le arrastran, de nuevo, al otro lado.

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Pensar es seguir andando

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No siempre que nos escandalizamos por una portada o un reportaje sobre inmigración usamos esa potencia que tiene el cabreo para guardarla en un botecito, como el que guarda en un frasco de cristal el sonido de un gol en el campo de su equipo, para luego usarla en algo útil. Como, yo qué sé, pensar.

Pensar por ejemplo en qué nos están diciendo los medios; qué estamos construyendo los periodistas que queremos trabajar de otra manera; en qué trampas caemos, en qué pensamos cuando hablamos de migrantes. Cómo aplicamos todo eso pero sin caer en esa cosa críptica, y también distanciada, de renovar todo el lenguaje hasta el punto en que se hace incompatible con la pedagogía. Como ya comentábamos en eldiario.es, en el caso del periodismo el punto de partida del lenguaje debe ser siempre el del lector, no el del experto; hay que empezar a construir desde ahí, vayamos a donde vayamos. Por eso ir a un Festival Zemos98 es tan estimulante, porque el reto no está en pensar con ellos sino además en pensar cómo transformar eso en algo mediático.

Remapear es volver a definir fronteras. Encontrar nuevos lugares desde los que mirar algo; tejer nuevas vecindades. “Remapear es conectar de otra manera”, dijo alguien en algún momento del encuentro del Festival Zemos98 dedicado a las fronteras, en una frase de esas que no sabe uno ya quién pronunció primero y quién la remezcló después.

Hay una manera audiovisual de aproximarse a problemas políticos y académicos. Que alguien destierre el mantra de que solo se puede pensar leyendo  y solo se es inteligente si uno usa el papel. En tres días de encuentro en Sevilla, con 40 académicos, narradores, artistas y activistas, hemos visto vídeos sobre Ceuta, Melilla, Polonia, Turquía, Reino Unido, Madrid, Sevilla o un barrio gentrificado de Estambul. Y hemos visto cómo esas imágenes nos están diciendo que hay problemas compartidos. Que las fronteras físicas no se corresponden siempre con las de los problemas sociales. Que aunque una frontera sea una barrera de contención, de protección de privilegios, eso no significa que todos los que viven dentro de una frontera sean unos privilegiados que deban sentirse diferentes a los que viven más allá.  Los medios de comunicación de masas, a menudo, dibujan un mundo que no es nuestra casa, una invasión que no nos afecta.

“El poder siempre lleva la frontera consigo”, ha dicho Toni Serra en el 16 Zemos 98. Cuando alguien de este lado de la frontera (tú, yo) viaja, “vamos con un preservativo que nos rodea”, decía, como para protegernos y para separarnos. A veces usamos esa ventaja. Ese concepto de que hay fronteras que también son personales, fronteras de pensamiento, también tiene otra parte autocrítica para los convencidos: “El activismo tiene su propia policía fronteriza, vigilantes del lenguaje que patrullan los bordes y dejan a gente fuera”, en palabras de Carlos Delclós, interponiendo una barrera de entrada para personas codificadas por otros estímulos que  podrían ser útiles.

“¿Qué os lleváis a casa?”, nos preguntaron. Que, como dijo también Serra, “pensar es andar”. Que si te paras allí donde te encuentras cómodo, estás creando una frontera.  Que necesitamos una casa, no para encerrarnos en etiquetas sino para refugiarnos, encontrarnos y poder discutir antes de salir de nuevo a andar, ahí fuera. A seguir pensando.

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Ceuta: ¿dónde están los “provida”?

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Casi siempre sucede que cuando uno vive intensamente o empatiza intensamente con una tragedia, se activan todos los mecanismos de la superioridad moral y hasta la sociofobia. Se entrega uno a las comparaciones, justas y a la vez irracionales: ¿por qué la muerte de personas en Ceuta no escandaliza como un apuñalamiento en el centro de Madrid? ¿Por qué un bolazo de goma en una de las manifestaciones que hacemos en streaming supone una agresión mayor que a personas que están cruzando por el agua intentando llegar a suelo español? ¿Por qué si alguien pierde un ojo se activa todo el tejido activista y si una decena de personas pierde la vida entre el atosigamiento de las policías española y marroquí apenas se desgañitan los cuatro de siempre? ¿Dónde están los “provida”?

Cavar demasiado hondo en esa lógica lleva a la desesperación y a la soledad. Los que hemos trabajado periodísticamente la inmigración, los que hemos visto cómo viven en Marruecos, cómo intentan cruzar, cómo de cerca está y cuánto silencio les envuelve, reventamos cada vez que sucede algo como las muertes de Ceuta. Nos parece que tendría que ocupar no solo titulares, sino debates, reportajes, tertulias polémicas de esas en las que todo el mundo grita mucho y airadas declaraciones políticas.

Pero luego uno piensa, por aliviarse, que esa misma sensación la tendrán tantas otras personas con tantas otras injusticias que a ellos les revuelven y, por la razón que sea, a otros nos tocan menos dentro. En esos casos, supongo, son ellos los que nos mirarán con dolor, superioridad moral y odio. Si cada uno de nosotros enumerara 5 injusticias desgarradoras de nuestro alrededor más inmediato seguramente no fueran las mismas. Eso quiero pensar.

Lo que no puede ser subjetiva es nuestra sensibilidad ante la mentira. Y haciendo un repaso a las versiones que ha dado el Gobierno, Interior y la Guardia Civil sobre la muerte de la decena - ni siquiera se sabe ya en realidad cuántos cuerpos han encontrado – de personas, uno deja de discutir en el plano de la sensibilidad y comienza a hacerlo en el de la decencia. Tengan ustedes la injusticia de cabecera que quieran; pero seamos todos igual de firmes contra la mentira.

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Colocando la valla de Melilla en el centro del debate

Gráfico interactivo de Belén Picazo de la Valla de Melilla en eldiario.es

Este jueves Le Monde cita informaciones de eldiario.es para hablar de la valla de Melilla y la reinstalación del alambre de cuchillas. En concreto, una fotogalería en Desalambre sobre las consecuencias de las heridas que produce la concertina en los inmigrantes que intentan saltar y mi artículo sobre los registros recientes de muertes en la valla por causa de este “elemento disuasorio”. También la recreación interactiva de la valla que hemos preparado durante semanas, antes de que surgiera la noticia de las cuchillas.

Mercredi 27 novembre, le président du gouvernement, Mariano Rajoy, a ouvert la porte au retrait des barbelés si une méthode plus efficace était trouvée contre les « mafias de l’immigration ». Le secrétaire d’Etat à la sécurité assure qu’ils sont dissuasifs et ne provoquent que des blessures superficielles, malgré les terribles photos qui circulent et la mort d’un migrant, en 2009, à Ceuta, après avoir eu une artère tranchée.

(…)

A voir : le graphique interactif réalisé par le journal en ligne eldiario.es

Le Monde

El asunto de la reinstalación del alambre de cuchillas en la valla es un buen ejemplo de cómo los nuevos medios digitales podemos proponer debates que acaban cuajando y reorientarlos si se pierde el foco.

La noticia de que el Gobierno estaba instalando alambre de cuchillas en la zona más peligrosa de la valla de Melilla salió el 28 de octubre en la prensa local melillense, sin mucho escándalo, y en una brevísima nota de la delegación de Europa Press en la ciudad autónoma. Nadie se hizo eco de aquella nota en los medios nacionales.

Al día siguiente, 29 de noviembre, publicamos la noticia en Desalambre y de ahí pasó al resto de medios que poco a poco se fueron haciendo cargo de la noticia y desarrollándola, cada uno según su enfoque y estilo. También jugó a favor el puente festivo de esos días: las noticias que podrían ser secundarias ante cualquier polémica política rutinaria, pasan a ser importantes.

Durante este mes, no hemos querido perder de vista la noticia, dando prioridad a lo que decían los representantes políticos del Gobierno sobre este tema más que sobre otros. Por ejemplo, obtuvo gran difusión la frase del presidente del Gobierno en una entrevista radiofónica (de la que habló de muchos temas más): ”No sé si pueden producir efectos sobre las personas“.  Luego, cuando Rubalcaba dijo que había quitado todas las cuchillas de las vallas en 2007 (cosa que rebotaron muchos medios sin cuestionarlo), tiramos de documentación para demostrar que no era cierto y que de hecho una persona murió en ellas en 2009. O unos días más tarde, cuando el ministro del Interior transmitía el mensaje de que las cuchillas provocaban “heridas superficiales”, publicamos la fotogalería que recuperaba el inmenso trabajo de Ángel Navarrete o Jesús Blasco de Avellaneda, entre otros fotoperiodistas.

Ha pasado un mes y en España se sigue hablando de derechos humanos en nuestras fronteras. De un tema que va y viene pero sobre el que cuesta mantener la atención en los medios. Seguimos.

Consulta el Especial Valla de Melilla

 

 

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¿De quién es esa valla? ¿De quién esos policías?

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Adivina quién va a tener la culpa cuando se produzcan muertos o heridos en la valla de concertinas que Marruecos está instalando a unos metros de la valla de Melilla, en territorio marroquí. El Gobierno español dirá, como dice cuando se conocen los casos de víctimas que tratan de llegar a la valla pero que desaparecen misteriosamente, que eso son cosas de Marruecos. Jugarán al truco de las manos limpias: la policía marroquí se las ensucia por nosotros para que España pueda decir “nosotros no tenemos la culpa” y “Marruecos se ha hecho cargo”.

No se sujeta. El argumento no se sujeta. ¿Para qué va Marruecos a colocar cientos de policías antes de una frontera de salida, si precisamente está deseando deshacerse de todos los subsaharianos que están en su territorio sin papeles? ¿Con qué interés querría Marruecos impedir que sigan su camino? ¿Para qué instalar unas vallas con cuchillas, añadidas a las que ya tiene España, que mantengan “el problema” en su país?

Aunque el uniforme sea marroquí y en la nueva valla ondee la bandera marroquí, son en realidad fuerzas y dispositivos que sirven directamente a España y a Europa. Están ahí para trabajar por “nosotros”. No hay otra razón que no sea la de defender la frontera para que no tengamos que defenderlas con nuestras propias fuerzas y banderas. Por pura cuestión estética y también legal: mejor que violen los derechos humanos por nosotros, que hacerlo uno directamente siempre trae más problemas.

Marruecos es nuestro mercenario, y recibe buena recompensa. A cambio de controlar por nosotros el flujo de inmigración – también nos echa una mano en otras cuestiones que para nuestro Gobierno entran en el mismo saco: terrorismo o narcotráfico – la diplomacia española se emplea a fondo por mantener contento al rey Mohamed VI. Precisamente hoy, el ministro de Exteriores español está firmando un acuerdo de Cooperación con Marruecos; las ONG españolas se quejan desde hace ya lustros de que los fondos españoles que deberían ir a erradicar la pobreza del magreb están siendo utilizados para financiar aquello que la monarquía marroquí señala.

A pesar de los euros que van a Marruecos, uno no encuentra a la Agencia de Cooperación Española en los montes del Gurugú o tras las tapias de la Universidad de Nador donde duermen cientos o en el desierto de la frontera con Argelia donde la gendarmería los abandona a su suerte. Solo se ven a organizaciones sociales independientes y observadores internacionales que resisten entre los acosto oficial marroquí hasta que ya no pueden más y tiene que venir otro a hacer su trabajo. Con los periodistas pasa igual.

Al final de todo, queda dibujada una pirueta: España utilizando los fondos de Cooperación Exterior como contrapartida para la subcontratación de fronteras, cosa que a su vez emborrona las responsabilidades y facilita la violación de derechos humanos.

Más fotos de José Palazón en la nueva valla de Marruecos junto a la de Melilla

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Los “30.000 subsaharianos” que “preparan el salto”

Sombras en la casa de chocolate

Dice el Gobierno, en un informe publicado en El País, que 30.000 personas de origen subsahariano “preparan el salto a Europa por Ceuta y Melilla”.

En 2008, viajé al norte de Marruecos para conocer a las personas que viven allí esperando a cruzar a España. Aquí el reportaje emitido en diciembre de aquel año, en Hora 25 de la Cadena SER.  Escucharlo es desesperante: todo es escandalosamente parecido a lo que sigue pasando hoy.

El 9 de noviembre de 2008, 15 inmigrantes (sí, 15 también) murieron en la frontera de Melilla durante un intento de llegar a la valla y saltarla. La Guardia Civil dijo que no había tenido nada que ver. Varios inmigrantes con los que pudimos hablar decían lo contrario, aunque como siempre el trabajo más sucio cae del lado de la policía marroquí.

Una versión en vídeo de esta misma historia en la que trabajé con Sergi Cámara, ampliada con la experiencia de uno de los entrevistados cuando, en 2009, consiguió llegar a España:

En 2008 eran unos 2.000 inmigrantes los que esperaban en los montes del norte de Marruecos, según el recuento de la delegación de Médicos Sin Fronteras que les intentaba atender. Es una cifra que habla de los que viven en campamentos ocultos en el bosque, esperando a tener una oportunidad para poder cruzar. Los que de verdad “preparan” el salto.

En 2010, según informes europeos (pdf) que ACNUR da por buenos, eran 10.000 los subsaharianos que vivían ‘sin papeles’ en todo Marruecos, que es bastante diferente a que estén a punto de saltar, como sugiere el Gobierno sobre una cifra mucho mayor. De hecho, en los reportajes que muchos periodistas hemos hecho en la zona es fácil encontrar testimonios contando que desde que se sale de casa hasta que se está preparado económica y moralmente para dar el salto pueden pasar varios años. Si la llegada de inmigrantes desde África ha descendido durante la crisis, un aumento del 300% como el que apunte el Gobierno es muy difícil de creer, aunque el propio ministro de Interior dijo que todo se debe a que se han atajado las llegadas por cayucos y que ahora la “presión” se concentra más sobre las fronteras de Ceuta y Melilla.

Por otro lado, hay que entender que muchos de los subsaharianos que viven en Marruecos se conforman con las condiciones de vida, terribles por el racismo y la xenofobia pero algunas veces más favorables que en sus países, que les da el Magreb. Y que, dentro de esa zona, Egipto, Túnez o sobre todo Libia se han vuelto países mucho más complicados para ellos.

En todo caso, por muchos inmigrantes que haya en Marruecos, “la alarma social” que dice Interior que se produce en España no está justificada. De hecho, en El País ha cambiado para su edición digital el titular de la noticia sobre el informe: de “30.000 subsaharianos preparan el salto” a “30.000 inmigrantes aguardan para dar el salto“, que da una sensación de mucha menos inminencia.

Y aunque fueran 30.000, ni siquiera son muchos. En enero de 2013, según datos del Instituto Nacional de Estadística, en España hay 211.756 inmigrantes procedentes de los países africanos a los que en Europa llamamos “subsaharianos” – que no son del Magreb. Siete veces más que los que hay en Marruecos “preparando el salto”. Si entraran todos en España, los 30.000, y no se dirigieran a países donde estarían más cómodos (la mayoría son francófonos o hablan inglés, pero casi nunca español) sino que se quedaran todos aquí, no supondrían más del 0,05% de la población española.

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“Casos puntuales”. La película.

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Cuando vemos una película se activa la suspensión de la incredulidad. Todo lo que vamos a ver es potencialmente increíble, así que nuestra cabeza se recoloca para aceptar una lógica totalmente nueva con la que pensar todo lo que vemos. Cuando la incredulidad está suspendida, dejamos a un lado el sentido crítico. Todo vale. Y solo así podemos creer.

En la película sobre la valla de Melilla “Casos puntuales” – la razón del título se sabe al final – tenemos todos los elementos para una buena producción, con acción y drama.

Tenemos a un protagonista con el que el público puede empatizar. Un periodista local, ninguneado por su profesión en la ciudad, asediado por los poderes fácticos. Le han detenido de nuevo, y van tres en un año, por hacer su trabajo: incomodar con sus fotos a los policías que trabajan en la frontera con vidas humanas, y que solo quieren que trascienda su versión.

Tenemos persecuciones. Policías españoles que intentan capturar a inmigrantes entre los callejones de Melilla para que no lleguen a comisaría. Si llegan, se inicia el proceso oficial. Si no llegan, se inicia el oficioso: llevarlos a la valla y devolverlos a escondidas por una pequeña puerta al otro lado de la frontera.

Tenemos muerte. La de las personas que se despeñan por los montes de Marruecos huyendo de otra persecución, la de los gendarmes marroquíes que cumplen con su objetivo de que los inmigrantes no se acerquen a la frontera con España. Los policías incendian sus campamentos de la montaña y los linchan.

Tenemos desierto. Se cuenta la travesía de los chavales que son abandonados más allá de Nador, casi en Argelia, cada vez que son capturados cerca de la valla. Días de caminata deshidratada y herida. Y si son mujeres, el riesgo permanente de violación por parte de los clanes de hombres que viven en la zona.

Tenemos planos amargos de mujeres embarazadas y niños malnutridos. También a malvados patrulleros españoles que cuando ven a una madre levantar a su bebé en brazos interpretan que quieren arrojarlo al agua, como salvajes. Y les rocían con un extintor, como civilizados.

Tenemos secuencias oscuras donde operarios del estado instalan alambres de cuchillas afiladas en las zonas más peligrosas de la valla.

Tenemos un flashback: alguien murió víctima de esos mismos alambres en 2009. De vuelta al presente, un presidente del Gobierno dice que “estudiará su efecto sobre las personas”. Flashback: un hombre quedó colgado de aquella alambrada antes de que se quitara. Fundido a negro.

Tenemos pasiones e intereses. Periodistas que trabajan en medios progresistas pero que en realidad son terminales personales de las fuerzas de seguridad. Editores convencidos con subvenciones públicas locales, estatales y europeas.

Tenemos un ministro que admite públicamente, después de que los periodistas y activistas se dejen la vida en denunciarlo con pruebas, que en casos puntuales el Gobierno no cumple la ley.

Y tenemos un final. El final es jodido, nada complaciente, de esos que gustan a los críticos: no pasa nada. Aquí no pasa nada.

La cosa es que no es una película. La cosa es que, sin suspensión de la incredulidad, también hay que creérselo porque es real. La cosa es que es increíble.

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Pornografía humanitaria

La explicación a este vídeo la tienes más abajo

África, esa cosa tan grande, ¿verdad? Ese continente tan rico en recursos y sobre todo en personas. Esa mirada honesta, sacrificada, esa cara amable a pesar de las guerras, el hambre, el sufrimiento. Los niños soldado, las pateras, las armas de contrabando y la cocanía. No saben nada, se mueren todos de hambre, todos se matan en guerras fraticidas donde se encomiendan al vudú. Moscas, barrigas hinchadas, dientes blancos y ojos encharcados. It’s time for Africa.

Los estereotipos.

Para periodistas y ONG no es fácil hacer un relato veraz y complejo de los mundos que no nos pertenecen. A veces queremos ayudar y no hacemos sino sin cavar más hondo en la peligrosa mina de los estereotipos, de donde salen artefactos mediáticos tan brillantes como llenos de aristas.

El “efecto ayuda“, ha escrito Paz Vaello en eldiario.es. “Donar a golpe de emoción“, han escrito este lunes Óscar Gutiérrez y Ana Carbajosa en El País. Que la solidaridad o el periodismo dependan de chutes de sensibilidad no es una novedad, y resistir esa tentación forma parte de nuestro trabajo. Lo peor: cuanta más emoción se ponga en el asador, más caña te pide el cuerpo. Cuanto más sube la tolerancia, mayor debe ser la dosis para obtener los resultados deseados.

Pero hay cosas que están por encima de los debates entre sensibilidad y caricatura, entre la eficacia y la complejidad; hay cosas que son directamente pornografía humanitaria. La exposición, cosificación y yuxtaposición de historias dramáticas para golpear tan fuerte y de manera tan de brocha gorda que solo se persigue disparar las sensaciones físicas, provocar una reacción irracional basada en ese estímulo y no en una lógica.

Para identificar casos extremos de pornografía humanitaria están los premios Rusty Radiators Award, puestos en marcha por la ONG noruega SAIH con el vídeo que abre este texto, donde hablan con ironía sobre los tópicos de las campañas humanitarias. Los premios identifican campañas de captación de fondos de organizaciones que según sus criterios incurren claramente en la perpetuación de estereotipos. Y viendo los candidatos, no hay duda:

Este de arriba es uno de los peores. Una ametralladora dispara caras de niños tristes sobre nosotros sin más contexto de sus vidas (ni si quiera sabemos en qué país estamos) que la constatación de que sufren mucho. Un señor aparentemente conocido nos dice: “Me habéis visto antes en lugares como este (…) pero lo que no habéis visto es a un niño como Isaac, bajo una puerta, preguntándote ‘¿me traerás un sponsor? ¿alguien va ayudarme?’”. A su lado, Isaac – creamos que al menos sí que se llama Isaac – hace como puede su papel. De fondo, música para la ocasión.

Y este otro de abajo rompe con el espíritu de una gran organización como UNICEF. La mala práctica en este caso es la lógica de que los problemas del mundo tienen arreglo fácil. “Qué pasaría si todo lo que tuvieras que hacer es rascarte los bolsillos y sacar 50 centavos para salvar la vida de ese niño”, dice una actriz de ojos dramáticos. “Nunca ha sido tan fácil salvar la vida de un niño”, insiste. “Con dos monedas”, vuelve a decir. Y todos sabemos que no.

Puedes ver más ejemplos y votar en su web.

¿Y entonces cómo? Pues estos premios tienen una parte amable que destacan el buen enfoque de las campañas. Este resume bien cómo se puede hacer un relato duro y a la vez racional, sensible y a la vez argumentado; estéticamente potente e innovador sin dejar de ser responsable. Un anuncio, sí; o un reportaje que llame la atención, vale. Pero no pornografía humanitaria.

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